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viernes, 28 de abril de 2017

El mundo es un lugar fascinante pero muuuuuy peligroso, ¿cómo no me he dado cuenta antes? (Cachorro de Humano 4)

Las entradas sobre Cachorro de Humano no tienen ni de lejos tantas visitas como las que hablan de cerveza, sin embargo, son, para mí al menos, muchísimo más interesantes. Parece lógico: la mayoría de mis contactos son cerveceros y si leen este blog es porque me conocen de vender cerveza. 
No importa.
Este relato lo proyecta una experiencia real y están cobrando, ambos, dimensiones insospechadas. Y lo que queda.
Quienes me conocen un poco más allá de la cerveza, saben lo importante que está siendo esta aventura para mí, tanto el vivirla como el contarla. Quizá es lo que necesitaba.


* * *

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Más enseñanzas sobre la cría de un ser humano (Cachorro de Humano 3)

Antecedentes: Es domingo y he decidido llevar a Cachorro de Humano al parque de la Ciutadella. El parque está lleno de gente pero hemos encontrado un huequecito en la hierba. Una vez nos hemos instalado, con todo lo que supone, a la niña le ha entrado caca... sí, caca, así que vuelta a desmontar el campamento y corriendo a buscar un bar.
De vuelta al parque...


El parque está lleno de gente, lleno, llenísimo. Por mi gusto me daría la vuelta, no soporto las aglomeraciones ni el bullicio, pero, claro, si fuera por mí estaría de birras y no en un parque snob rodeada de snobs y cargada con un quintal de juguetes, y es que resulta que no estoy aquí por mí, sino por la niña; y ella está extasiada, nunca ha visto nada igual.  
No soy buena con las descripciones, así que deberá bastar con una acumulación de elementos: Los domingos, si hace bueno, el Parque de la Ciutadella es invadido por familias con niños pequeños, por malabaristas, funambulistas, runners, músicos, globos, bongos y otros generadores de ruidos pseudoculturales, rastas, helados, aros en orejas, narices y lenguas, mascotas exóticas, jipis y fauna de la progresía tan ecléctica que acaba resultando homogénea, por moderneces y modernidades tradicionales importadas de culturas supuestamente más avanzadas que la nuestra, esas tan admiradas por los progres de mi generación, pero también por manifestaciones culturales no tan admirables, etcétera. Todo este variopintismo se distribuye por el parque confusamente, parte paseando, parte consumiendo, parte desparramado en el césped… 
Ha cambiado mucho desde que yo lo frecuentaba, hace 25 años. Por aquella época estaba plagado de gente chunga o marginal, travestis, gais, putas, drogadictos, chulos, manguis, sintechos… El tipo de gente que me atraía, vaya.
El ambiente y el colorido embelesan a la niña. Se le queda prendada la vista del número malabar de un perroflauta: una bola de cristal grande como un melocotón gordo le sube y baja por los brazos como si tuviera vida, pasa por detrás del cuello y desciende por el torso, rodea su cintura y vuelve a ascender hasta el hombro, y de ahí va hasta la mano otra vez. Me mira con los ojos muy abiertos para compartir conmigo el prodigio y se ríe a sacudidas extasiadas, borbotones primigenios. Las estrellitas que le brillan en la mirada a mí se me anudan en la boca del estómago. ¿Cuándo dejé yo de tener capacidad de maravillarme?
La colonia de una chica que pasa me trae de vuelta a alguien que fue muy importante para mí. ¿Dónde andará?
Hace sol.

Tengo un poco de hambre.
Buscamos un nuevo huequecito en los parterres para comernos los bocatas pero está todo abarrotado, más que antes. No encontramos nuestro espacio natural entre los numeritos circenses, las fiestas de cumpleaños, las competiciones deportivas al máximo nivel en la modalidad Pelotita de Velcro en la categoría Panzón Dominguero, las jaurías de perros con pintaza de ser de razas carniceras despiadadas devoraniñas, las hamacas que cuelgan entre dos árboles, los manteles, las formaciones musicales folklóricas, los iPad con reguetón, las gorras con la visera en el cogote, las botellas de 2 litros de calimocho, el Congreso de Fumadores de Porros Dos Papeles, las escenitas tórridas de a tres, etc., etc., etc…
Yo estoy que no me decido entre taparle los ojos o los oídos a la niña o dejarla K.O. para salvar su alma. Pero… pero… pero… ¡Cuántos peligros! ¡¡Y cuánta sinvergonzonería!!  ¿Cómo no me había dado cuenta hasta hoy???

Nos vamos a las barcas, eah, que al menos los patos no fuman porros ni casifollan en público aunque estén en bolas, y ya comeremos después o no comeremos, no importa.

No hay cola en las barcas, menos mal. Ninguna de las dos soportamos hacer cola.

Temía que no iba a saber manejarme con los remos. La última vez que cogí un remo de estos fue en El Retiro hace casi quince años, y no iba con niños, pero debe de ser como montar en bicicleta o liar porros, que no se olvida, porque en seguida le pillo el tranquillo otra vez.
A ver si no desnuco a ningún pato…

Soy un poco puñetera, sí. A la que la niña me dice que no me mueva mucho, que le da miedo, a mí me entran unas ganas irrefrenables de saltar y bambolearme. Y lo hago.
Se agacha, se acurruca al fondo de la barca y me suplica que pare con un terror tan divertido que salto más fuerte. Se parte de risa, me dice que ‘estoy tocada del bolet’ y a mí me entra la risa también. Ella se incorpora y empezamos a saltar las dos. Entre salto y salto me pregunta que qué pasaría si la barca se volcara y le digo que, lógicamente, nos caeríamos al agua, claro. 'Yo no sé nadar', me dice.
-Yo tampoco.
-¿Y nos ahogaríamos?
-Pues claro que sí. Aquí, si te caes al agua, te ponen una multa y además dejan que te ahogues.
Me mira muy seria. Lo de la multa tengo que claro que le importa un pito pero lo otro no. Continúo:
-Nos ahogaríamos y nos convertiríamos en patos.
Tuerce la boca y se pone en jarras, con las piernecitas abiertas para equilibrarse.
-¿Ves todos esos patos? –le digo y extiendo el brazo abarcando la población de patos del estanque-, pues es gente que se ha caído de las barcas y se ha ahogado. Durante el día tienen aspecto de pato pero por la noche, como el parque está cerrado, se convierten en zombis y montan fiestas.
Levanta una ceja, procesa la información, se ríe y, tocándose la sien con un dedo, dice:
-Susana, estás muuuuy tocada del bolet.
Nos entendemos.
Empezamos a perseguir patos, a chocarnos con otras barcas. Los adultos me miran con cierta reconvención; los niños, con sorpresa o susto o risa. Me doy cuenta de todo, faltaría más, pero hoy me he dejado el traje de adulta en casa. ¡Caca, culo, pedo, pis!
A veces me digo: 'Susanika, ¿y si te ve algún cliente haciendo monerías??? Tu reputación a la mierda'. Y yo misma me respondo: '¿Reputación? ¿Qué reputación?? Susanika, hija, que te ha visto todo el sector con fregonas en la cabeza...'

La veo venir… sé lo que pretende hacer… he visto la asociación de ideas dentro de su cabecita transparente… interpreto su sonrisa maliciosa y ese brillo en los ojos… le veo la intención y ella ve que yo lo sé, que sé qué va a ocurrir en los próximos segundos... pero no puedo hacer nada para evitarlo por dos motivos: 1, estoy ocupada intentando evitar una colisión lateral de nuestra barca contra una roca; 2, carezco de la autoridad moral necesaria para impedírselo.
Hace cuenco con las manos, las sumerge en el agua sucísima y me lanza un chorretón que me empapa de arriba abajo… ‘Es la venganza ¡¡por haberme hecho pasar miedo!!’ me dice riendo excitadísima por su osadía.
Me está bien empleado.
Los adultos de otras barcas mueven la cabeza de lado a lado muy serios; los cachorros mueven la cabeza de arriba abajo y sonríen de envidia.

Y ahora toca la merienda, dos bocatas más y una pieza de fruta. El parque va decayendo y hay algún claro en los parterres.
Tras las persecuciones, el pino puente, el sobeteo a todos los perros del parque, los bocatas llenos de pelos de perros sobeteados, hacer la croqueta sobre la hierba, hacer la croqueta sobre otros usuarios del parque, romperme una rótula y el pantalón contra una piedra, un pipi (suyo) entre los arbustos, la niña se ha emperrado en un globo, pero también en una chuche, también en el McDonalds, en otro Kinder Sorpresa, también en un helado, y también en una bola de esas que expenden unas máquinas y que tienen un juguete dentro, y también en ir al cine, en un bocata de Nocilla, otra vez en un globo, y en una chuche, etc, etc, etc. Y yo le digo que no, que hoy ya hemos subido a las barcas y ya ha comido un Kinder de los cojones (esto lo pienso pero no lo digo), que no es bueno comer tantas porquerías y que no se puede comprar todo.
-¿Por qué?
-Pues porque cuesta dinero.
-¿Y qué?
-¿Cómo que 'y qué'? Pues que tengo poco.
-Pues no lo pagues. El papa a veces no lo paga.
Vale. Bien. Cojonudo. Lo que me faltaba.
Al estado de inocencia propia de un niño hay que añadir que para ella las cosas no cuestan dinero, se pagan con entradas o tarjetas o simplemente no se pagan. Chimpún.
Aquí hay trabajo por hacer.



Enseñanzas extraídas hoy sobre la cría de cachorros humanos:
1ª La distancia no es una magnitud de espacio sino de voluntad.
La distancia se mide en Quieroíres, y es una unidad inversa, es decir, a más Quieroíres, más cerca. Da igual dónde esté el McDonald’s o la chucherería o el parque y dónde estemos nosotros, todo eso es relativo, sin embargo, el querer ir es absolutamente absoluto, y esto es aplicable también a la cuarta dimensión.

2ª Kinder es Dios y Kinder Sorpresa es su profeta, y yo soy la fucker monaguilla que no para de gastar los dineritos en huevos. Estoy hasta los mismísimos versión femenina.

3ª Las mudas y la ropa de repuesto nunca serán suficientes, ni aun llevando a rastras un baúl ropero.
Si llevas un pantalón, ensuciará dos. Si llevas dos, manchará los dos y, de propina, la camiseta. Si llevas recambios infinitos de pantalones y camisetas, se caerá a un estanque con las zapatillas y el abriguito puesto. Y si es verano y no lleva abriguito, elegirá caerse justo cuando le has dejado tu móvil para cazar un Pokémon.
Leía hace poco en alguna de esas webs de autoayuda largoplacista que la única manera de prever el futuro es creándolo tú mismo. Según esa teoría, las tardes de domingo con cachorros humanos se 'crean' al tomar las medidas de precaución.


4ª Los zombis no existen; Papá Nöel, los Reyes Magos, el Ratoncito Pérez y Elsa de Frozen, sí. Que exista Dios está por ver. Está intentando pasar el examen de la razón pero pinta mal y todo parece indicar que...

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jueves, 13 de abril de 2017

Más enseñanzas sobre la cría de un ser humano (Cachorro de Humano 3)

Domingo por la mañana, sol intenso y calor tras varios días de invierno. Me gusta el sol, lo necesito. Salgo a correr, a llenarme de luz y, cómo no, a cazar Pokémons.
Para entretenerme (mi cerebro, como la Historia y la Literatura, rechaza los espacios en blanco) pillo al vuelo retales de conversaciones ajenas y le compongo una historia a cada barcelonés que me cruzo, ‘...y es por eso por lo que no quiero ir. ¡Y punto!', 'Tú serás para mí único en el mundo, yo seré para ti único en el mundo...' -'… que hierva unos minutos, dos, tres… apagas el fuego y lo dejas reposar un ratito…' - '… pues que no me toque los cojones, que yo por las buenas soy muy bueno…’ mientras le doy al disco de las Poképaradas. Imagino un antecedente y una continuación a esos pedazos, los contextualizo para que tengan sentido, pero hoy tengo una misión mental: decidir dónde llevar a un cachorro de humano de 6 años y que nos divirtamos los dos.
Tras descartar los museos porque me aburren (soy chica de acción, no de contemplación) y todo aquello que refuerce la asociación gastar-diversión, quedan las actividades al aire libre o ir a misa. Actividades al aire libre o misa... hum... dudo (es coña) pero al final decido que hoy me la llevo a la Ciutadella, primero a jugar un ratito en el césped y a hacer gimnasia (le encanta!) y luego a las barcas. Es un menú muy completo: acción, aire libre, interacción, solete... Y, oiga, no hay infancia digna de llamarse como tal sin barcas. 

Llego a casa de la cría de humano para recogerla. Está ubicada en un barrio de aquellos realmente pintorescos y multiculturales, lleno de contrastes: edificios nuevísimos de protección oficial, edificios nuevísimos y además modernísimos y lujosísimos de grandes corporaciones, centros comerciales para plebeyos, naves industriales, la mayoría desocupadas, 'casas baratas', muchas de ellas tapiadas puertas y ventanas (no sé si para evitar que entren okupas o para impedir a los fantasmas salir), amplias zonas verdes, muchas equipaciones municipales, taburetes en las puertas, motos robadas, muchos quinquis, parados de larga duración, ociosos contemplativos en las esquinas, alcohólicos panzones de camisa abierta y chándal, manguis... ¿cómo se les llama ahora, ciudadanos en riesgo de exclusión social? Nada que no conozca bien pero que ahora me queda muy lejos ya. 
Espero que no me hagan entrar en casa y que no nos líen mucho. Saludarles es un trámite necesario, lo sé, pero me incomodan determinadas actitudes y me pone negra el trato que le dan a la niña.
Sale a recibirme un cachorro, el de perro, una nube de gas tóxico, mezcla de tabaco y hedor corporal, la barriga del padre del cachorro humano con él detrás y los gritos de la pareja de este para que me limpie los pies, que acaba de fregar. Sonrío en un ejercicio necesario de diplomacia. Fregar… El piso está de mierda que sube por las paredes pero es cierto que el suelo está mojado… de algo. Me limpiaré los pies al salir.
Al final del séquito de bienvenida, aparece una enorme sonrisa de dibujos animados pegada a la cara de una niña preciosa. No, no me gustan los niños, solo tolero a esta cría de humano, y eso es porque únicamente la soporto los domingos de 12 a 18h.
Me llena la cara de babas y pone la suya para que la bese, lo hago y nos vamos. Antes le revuelvo el pelillo corto, cortísimo, tan corto como el mío o más. Más adelante os explicaré dónde ha ido a parar su media melenita.
Pues eso, nos vamos. No pregunta, simplemente confía. Resulta de una mansedumbre desasosegante. Supongo que confía en mí lo necesario.

Hoy he aprendido unas pocas cosas más sobre los cachorros humanos:
No es que las ‘cosas de lavabo’ de los niños tengan una ley propia, no. Las ‘cosas de lavabo’ de los niños no tienen ninguna ley, son una puta anarquía.
Un periplo por todos los bares de camino al parque de la Ciutadella, con escala en un zumo de naranja natural y un zumo de piña, en un agua con gas y un zumo de piña, en una tónica y un zumo de piña, en una free damm y un zumo de piña, en cuatro pataletas porque quiere Cacaolat y chuches y en tres pipis* míos para que la niña hiciera pipi… y nada. 
-Es que no tengo.
-¿Pero ni un poquito?
-No.
-Aaaanda, haz un poquito. Porfi, porfi, inténtalo…
-No tengo.
-Porfi, porfi, porfi, porfi, porfi, porfi, porfi, porfi, porfi, porfi, porfi, porfi, porfi, porfi, porfi, porfi, porfi, porfi, porfi...
-Es que no tengo...
-Y te compro un Kinder!! 
Mierda! He caído en su trampa!!
-Bueeeeeeeeeeeeeeeeeeno, vaaaaaaaaaaaaaaaaaaale…

Y aquí empieza mi zozobra: ¿tengo que acompañarla? ¿hasta qué edad se acompaña a un cachorro al baño? ¿Se limpian solos? ¿Y qué hago con el ‘equipaje**’ si tengo que acompañarla? No cabemos todos en el lavabo!
¿Gritará ¡¡¡YAAAAAAAAAAAAAAAA!!! desde el baño para que vaya yo a limpiarle? ¿Y qué tengo que limpiar? ¿Y cómo??? ¿Y si la secuestran por el camino??? De aquí al lavabo hay al menos 6 metros!!! El mundo está lleno de pervertidos!
-Oye, ¿tengo que acompañarte?
Me mira y sonríe con los ojos.
-No, ya soy mayor.
-Ya, ya -le digo-, tú sí pero yo no y me da miedo quedarme sola aquí.
Me mira muy seria escrutándome. Yo también a ella. 
-Baaah, Susanika, me estás engañando… -y se ríe con todo el cuerpo. Ya me va conociendo.
-Oye, al acabar límpiate bien el....… la....… el....… el chumi... el coñ… el chirr… el potorr…
-La vulva.
-Eso! La vulva! Que ya no me acordaba del nombre.
Levanta una ceja que expresa inequívocamente que no me cree y me sentencia. Es cierto, soy idiota.
Se va hacia el lavabo poco convencida.
-No toques nada!!! –le grito. Eso me lo decía siempre mi madre así que supongo que es necesario.
Silencio.
3 minutos después:
-¿Ya has mead… digo has hecho pipi?
-No. No tenía.
-¿Pero ni un poquito?
-No. Nada.

Y justo cuando acabas de terminar de instalarte en la hierba, toallas extendidas, zapatos con sus calcetines a buen recaudo, pantalón tejano enrollado hasta la rodilla cortando la circulación de la pierna (soy así de cafre), las bolsas de los bocatas y el agua fresca ubicadas, camiseta de tirantes, pelota inflable inflada, palas y pelotita, remolque de plástico, muñecas y muñecos y cochecitos y barquitas y lápices de colores, cremita… la frase, como una sentencia, que viene a cambiarlo todo, más que una declaración de guerra o de amor:
-Aaaaaaaaaaaaaayyyyyyyy, ¡tengo que ir al lavabo!! ¡Tengo caaaaaaaaacaaaaaaaaaaaaaaaa!!!!
Mecagoentupadre pienso.
Con esto sí que no contaba yo!!! Caca!!!! Para mí es lo mismo que decir ¡El coco!!!!
-Pero… pero… pero… pero… pero… ¿muchaaaaaaaaa????
-Sí!!
Eah, a correr!

*En los diálogos con los niños, algunas palabras, como esta por ejemplo, sufren un proceso eufemístico que las convierte en llanas. 
**Mi inseguridad me lleva a que sacar de 'ocio' al cachorro humano suponga un despliegue logístico similar a una mudanza: Ropa de repuesto, bocadillos, agüita, toallas, pañuelos de papel, ropa por si hace frío, ropa por si hace calor, ropa por si llueve... y juguetes, entre 15 y 20 kg de juguetes. Y medicinas, claro. Parezco un médico de campaña.


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***

Señor Rajoy, antes de intervenirnos, cortarnos los suministros, sitiarnos, soltarnos toros de miura y leones, echarnos cosas tóxicas, bombardearnos y demás, recuerde que el Dios de los judíos, Yahvé, dijo que habría perdonado a Sodoma y Gomorra de haber habitado en ellas un solo hombre justo, y tenga presente que el segundo equipo más seguido por los catalanes (catalán es todo aquel que vive y trabaja en Catalunya según los nacionalistas pragmáticos) es el Real Madrid. 

lunes, 6 de marzo de 2017

El pasado lleva un vestidito sucio (Cachorro de Humano 2)

Por razones que se irán entreviendo a lo largo de este post y posteriores, últimamente estoy pasando algún tiempo con una cría de ser humano, concretamente una niña de 6 años, sin que me obliguen, algo insólito.
De esta experiencia estoy extrayendo muchas enseñanzas.
Por ejemplo: Con 6 años los humanos ya estamos destetados, tenemos pleno control sobre los esfínteres (los nuestros) y caminamos solos. Desconocía estas felices circunstancias que han de facilitar nuestra relación.

Ahora sé que ya no existe la EGB, que actualmente se cursa una tal ESO que no sé qué es pero con ese nombre no puede ser buena, que también va por cursos y con profesores dentro de un cole con aulas, mesas y libros... y yo que pensaba que ahora sería todo por ordenador o algo… ¿Usarán pizarra y tiza? Nota mental: Preguntarle al cachorro humano si todavía se tiran borradores a la cabeza. 
Sin embargo, ahora ya no suspenden o aprueban, parece ser, entonces... ¿para qué sirve un cole?

He aprendido empíricamente que la salsa barbacoa apesta. También he aprendido que para las crías de ser humano resulta muy hilarante ver a un individuo adulto untándose la propia nariz con la fragante salsa barbacoa; también que, por mucho que te laves la nariz, el mundo entero olerá a barbacoa horas y horas; y también que no hay antídoto.

He descubierto que para entender los menús del McDonald's y sus múltiples combinaciones y posibilidades, son necesarios, o estudios superiores a los míos, o un tipo de inteligencia de vida de la cual no me dotaron de serie. Me desconcierta que los cachorros humanos, al menos las hembras, los entienden.

Hoy toca cine. En la cola, me dice: “Me lo estoy pasando tan bien como… como…”, busca un símil perfecto dentro de su brevísimo mapa referencial, “como una pipa…”, pero por su expresión sé que no le convence. Piensa, urde y atina: “¡Me lo estoy pasando pipa!” y asiente satisfecha porque ahora sí le cuadra.
Miro sus zapatillas rotas, su abriguito sucio, no viejo, sucio, el cartón lleno de palomitas con sal. Es su primer cine y además ha elegido ella la película, está exultante. Quería verlas todas, se sabe la banda sonora de todas, los nombres de todos los protagonistas… pero ha tenido que elegir, que todas no se pueden ver en un día le he dicho, y lo ha hecho sin berrinche y sin lamentarse por las que, a consecuencia de su elección, va a dejar de ver, demostrando que es más madura que yo.
Por mi culpa entramos tarde en la sala. Yo, torpe, incapaz de desenvolverme y orientarme a oscuras, le propongo ver la peli sentadas en el suelo del pasillo que conduce a los lavabos, soy así, pero un espectador caritativo nos acomoda.
La niña me pregunta si se puede quitar el abrigo, que tiene mucho calor, y yo me riño porque no me he anticipado a eso. Joder, SusaniKa, estamos lo menos a 45ºC, es una niña, a ver si te centras... Cómo se pasan con la calefacción, voy a morir.

Para comprender las pelis infantiles de dibujos también es necesaria alguna capacidad intelectual de la cual carezco. Afortunadamente, en el cine, la niña, que se ha dado cuenta de que me he enredado en el hilo argumental y estoy a punto de partirme la crisma, se gira y me dice: ‘Es que él está celoso’ y se ríe. Gracias al apunte, comprendo la escena. Los niños de las pelis, por pequeños que sean, ¡tienen novios y novias! Yo flipo. Claro que… también los tienen las tazas parlantes, los conejos con chaqueta de cuero, las cerditas presumidas… y a nadie sorprenden, además, esas relaciones sentimentales entre especies!

Abrió los ojazos y la boca nada más empezar la película. La boca la cerraba para masticar las palomitas pero los ojazos no los cerró hasta que el niño y la niña se hicieron novios y se dieron un beso, excepto para comunicarme por gestos que tenía sed y para orientarme sobre el argumento de la peli, que yo no era capaz de seguir. Al acabar la peli, palmoteó, recogió el cartón de palomitas y su botella de agua vacía y los echó a la papelera.

Y ahora a cenar al McDonald's. Sí, al McDonald's.

Yo iba intransitablemente decidida a llevarla a merendar algo sano, que mierdas ya come en su casa todos los días. De hecho, para evitar que establezca la relación diversión-comer-gastar, planeé llevarla al parque y compartir algo de fruta jugando en los cacharritos-chirimbeles infantiles. La frase ‘Hazme un favor, llévala al McDonald's y que cene un par de hamburguesas de esas de 1€ y así se va directa a la cama y no molesta’ había reforzado mi voluntad. 
El caso es que me resistí todo lo que pude, negocié, pataleé, lloriqueé, clamé al cielo, porfié, renegué, blasfemé, imprequé, me tiré por los suelos, crucé los brazos y grité que yo no iba a cenar y me puse de morros, pero, desengañémonos, qué cojones haces en un centro comercial un domingo por la tarde. Además, hay argumentos irrebatibles: “¡¡¡QUIERO IR AL MCDONALD'S, QUE DAN JUGUETEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEES!!!!!”

Desde que decidí que el tiempo del que dispusiera para mí se lo iba a dedicar a ella, me como mucho el coco.
A las preguntas responsables y prácticas de ¿qué le gusta a una niña de 6 años?, ¿dónde la llevo?, ¿qué le conviene?, ¿qué puedo hacer yo por ella?, ¿qué puedo esperar de ella?, ¿debo ser estricta o flexible?, en este sentido tengo un buen problema, ¿hasta dónde y a partir de dónde no?, ¿qué pretendo ser para ella?, ¿qué quiero aportarle?, ¿debo ser un ejemplo, un modelo?, añado preguntas de mayor calado vital. Solo tengo por seguro que quiero suplir lo que no recibe en casa, contrarrestar la vileza moral en la cual se desenvuelve cada día, resarcirla de tanta degradación, pero... ¿me siento mejor que sus padres?, ¿quién soy yo para sentirme superior?
Ser ‘hermanamayor’ a ratitos y fines de semana es fácil, lo sé, pero sé que no es difícil darle de comer otra cosa que no sea pollo frito con patatas, no hacerla callar siempre a gritos y hacerle sentir alguna vez que no estorba en todas partes y que no me arrepiento de haberla traído al mundo.  
Gracias a la niña he descubierto que, en mi empeño de dar con su esencia, puse demasiado celo en despojar de frivolidad la vida, que se me fue la mano, que la dejé en los huesos. También estoy descubriendo que la perfección es una entelequia, que lo puro no se reconoce porque narcotiza y que lo trascendental lo es porque tú lo permites. Pero todo esto forma parte de un drama mío íntimo mucho más absurdo.

Me dice que yo no puedo subirme a la torre ni pasar por el puente colgante, que soy ‘mayor’ y se ríe. Me paro, me giro, la miro exageradamente seria, como si me hubiera ofendido mucho, se desconcierta. Me acerco, me agacho hasta poner mi nariz a la altura de su nariz. Está expectante, no sabe si reírse o asustarse. Le digo muy lentamente y con mucha gravedad:
-Yo no soy mayor. Solo lo parezco. 
Hago una monería y ella, aliviada, estalla en carcajadas.

La vida son ratitos, una concatenación de ellos.

¿Que por qué lo cuento aquí? Para entenderlo.

(Al volver a casa nadie le preguntó cómo se lo había pasado ni qué había visto, la despacharon a su habitación. Antes de marcharse me dio un beso lleno de babas que todavía guardo en el puño cerrado.)


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miércoles, 26 de octubre de 2016

El pasado vuelve en ciclomotor, pero ahora al menos con papeles (Cachorro de Humano 1) / PerlaKas

Un porcentaje indeterminado de lo que voy a contar es falso, otro es ficción, otro es paranoia y otro es figurado, también hay algo de hipérbole retórica y de exageración prosaica, el resto es estrictamente verídico pese al filtro subjetivo del narrador, muy deformante debido al mucho tiempo que ha pasado. O sea, no te creas una mierda.

Fui una adolescente algo complicada, un poco cerril. Al desacato propio del fervor hormonal y de varias circunstancias desfavorables, se unió la necesidad intelectual de encontrarle a la vida lo que me prometían los libros (que devoraba con gula) y una inteligencia y sensibilidad, dicen, no habituales. Una curiosidad indómita me llevó a conocer a gente muy distinta, incluso (y sobre todo), esa que habita los límites.
No sé si era yo quien andaba entre adultos, algunos bastante alejados del ideal, o eran ellos quienes andaban entre mí, en una relación simbiótica casta. Se reían conmigo y mi ingenuidad les enternecía, y yo, gracias a ellos, vivía varias vidas a un tiempo, la mayoría muchísimo más interesantes que la que a mí me había tocado.
Me movía entre balas y siempre en el filo; aun así las esquivé todas, y lo hice por intuición porque no las veía, ni siquiera sabía que habían sido disparadas. Tuve suerte, supongo. Una flor en el culo, sí. Tenía casi todos los números pero nunca me tocó.

Contacta conmigo desde uno de esos límites quien fue un buen amigo durante mucho tiempo. Ha encontrado una agenda ¡de papel! con el teléfono de casa de mis padres. Me alegra su voz de cazalla. He olvidado cómo dejamos de tratarnos, ahora mismo no recuerdo de él nada que no me haga sonreír. Creo que nos distanció la falta de razones para no distanciarnos: éramos muy distintos y la brecha entre ambos acabó siendo insalvable.
Y de eso va este post.

También es mayor que yo, ocho años.
Todo el mundo le conocía por un mote. Tenía varios que usaba como trajes dependiendo del contexto y de la impresión que quisiera causar: unos satánicos, otros macarras, otros de cierta respetabilidad, o eso se figuraba él. Entre nosotros siempre usé su nombre de pila y le llamaba ‘petardo’ o ‘feo’ cuando no me parecía oportuno revelar el verdadero (tenía relaciones y negocietes más turbios que la TheoretiKal Zero3). Toda su familia entraba y salía de la cárcel como yo de los bares; él también, pero sólo de visita. Un tipo con suerte, sí, pero sobre todo demasiado simple para ambicionar algo que costara un delito grave. Admito que era un poco embaucador; una sonrisa bonita y los ojos verdes ayudan.
Petardo y yo nos movíamos, divertidos y libres de la tensión sexual que se nos presuponía, por las alcantarillas sociales de la ciudad; era un experto, buen Cicerone y mi ángel de la guarda. Yo me dejaba llevar confiada y así pude ver bastante sin excesivo riesgo.
No sé qué respondía cuando le preguntaban con sarcasmo quién era yo pero sí qué significaba para él: era su única amiga decente y semihonrada. También era el único vínculo de aquel Pijoaparte ramplón de Bon Pastor con un mundo, el de un barrio de Gràcia que empezaba a sustituir quinquis y broncas de Skins por progres y bohemia del postureo, que él idealizaba desde el ciclomotor robado y al cual le habría gustado pertenecer. Yo leía unos 70 libros al año y escribía poesía y él intentaba aprenderse el abecedario para buscar en el diccionario palabras que me oía, porque creía que así podría ligarse a una amiga mía. Lo consiguió… lo de ligarse a mi amiga, digo, pero no precisamente por méritos filológicos.
Le encantaba el ocultismo y los demonios porque sobre eso no existe ciencia que se deba estudiar; yo me burlaba de sus cultos, ritos y supersticiones porque enfadado era muy gracioso. 
En esa época, la edad nos permitía salvar nuestras diferencias (la maleabilidad se pierde con los años).

Yo bajé hasta sus infiernos, me paseé por ellos hasta quemarme las pestañas y me marché a conocer otros. Me inscribí en un taller literario, empecé a perder el tiempo y la paga con un fanzine fotocopiado de literatura novel y a frecuentar tertulias. Hice amistades más acordes a mis inquietudes y la grieta entre nosotros se ampliaría tanto que ya no habría forma de salvarla. Me alejé. Él se quedó allí, una especie de limbo absurdo en el cual ha permanecido hasta hoy, 15 años después.

A menudo he evocado con orgullo pueril los pormenores de majaderías perpetradas juntos, pero, como en una mera relación, los hechos del pasado, incluso los relevantes, se vulgarizan y se parecen a los de cualquiera, nadie sabe si fueron importantes o no para mí.

Nos ponemos más o menos al día en una llamada de 20 minutos, durante la cual parece que sigue siendo el mismo. Sigue rugiendo más que hablando, siempre parece cabreado. Sigue viviendo en el mismo barrio, solo que ya no tiene dos hijos sino tres, y su pareja tiene otro nombre y otra edad.
Me pregunta si tengo moto y mis 125cm3 dan para otros 20 minutos de conversación.
Y hablamos de quedar, claro. Él, con todo el tiempo del mundo, pretende que nos veamos ya mismo, pero yo ando más que liada y me cuesta ubicarlo en la agenda. Esto hace que me replantee quién de los dos ha gestionado mejor su vida.
Quedamos en la boca del metro de la Plaça Orfila. ‘Ojo no te muerda’ me dice con su voz cascada. Yo siempre caía en la trampa. ‘¿Quién???’ ‘Pues la boca del metro’. Parece mentira, siempre caía y sigo cayendo...
Paso unos días nerviosa, removida, porque el pasado vuelve en una Variant ‘atrotinada’ y no estoy segura de que me apetezca.

Yo no he cambiado mucho en apariencia (estoy en forma, conservo el pelo y casi todos los dientes) pero tenía otra empresa, nada que ver con esta de ahora, y vivía en otro barrio con otra persona de otro sexo, así que calculo que al menos un 30 o 40% de la charla de la cita está cubierta. Insisto: aparentemente soy la misma persona pero no lo soy, no, y me preocupa no saber comunicarme con él, por eso me alivia contar con algunos temitas banales como recurso.  

Lo veo desde lejos y pienso: Oh, Dios, no!! Ha engordado una barbaridad y se lo digo mientras le golpeteo la panza. Me atruena que eso es de la buena vida, ufano (sabía que diría eso!!). Por lo demás, igual, pero a su sonrisa de bribón le faltan algunas piezas.
Dos besos. La incipiente barba me irrita la cara. 
Al verme el casco, me pregunta por la moto otra vez. Me ha preguntado al menos diez veces. Quiere verla. Se la señalo. ‘¿Aquella azul?’ ‘Sí.’
Tiene que preguntarme sobre la moto, tiene que ver la moto, tiene que opinar sobre la moto porque él fue mi mentor motístico.
Con él fui de paquete en moto por primera vez (una Derbi Variant, que no sé si a eso se le puede llamar moto); con él me saqué la licencia de ciclomotor; suya era la primera moto con la que me estampé, fue contra una farola ‘que no sé qué cojones hace aquí’.
Él sigue con su motillo de mierda… bueno, es otra, quizá pagada y con factura, aunque lo dudo, pero también es de mierda.
La moto es el temita banal que él se ha traído bajo el brazo por si no conseguíamos salvar el abismo así que le doy carrete un buen rato.

Vamos a un bar cercano.
Refrescamos: ¿Y qué sabes de Fulanito? ¿Y de Menganito? De algunos nada. Otros quedarán enterrados para siempre: Murió; murió; murió; también murió. Otros están en la cárcel, era previsible. De Zutanito no quiero saber nada. ¿Y qué sabes de X?, la amiga de mi infancia que fue su novieta o rollete, me pregunta. ‘Nada’(pero esa misma noche la busco por Facebook y se lo cuento). Nos enseñamos fotos.
Le llevo dos cervezas de impliK2. No bebe alcohol pero me hace ilusión.
Le sorprende todo eso de la cerveza artesana y de que tenga un bar y una tienda física y una tienda online. ‘Has pasado de maestra (nunca tuvo claro a qué me dedicaba) a esto.’ No entiende que visite a clientes ni que haga cerveza ni que dé catas (yo, que me pulía las Xibecas a morro por packs de 6) ni que reciba un pedido de barriles de IPA por guasap en mitad del té con leche… Por supuesto no sabe qué es un blog y el SEO debe de ser comida japonesa. Veo en su mirada que no entiende (ni le interesa) la mitad de lo que le estoy contando y también que no lo admitiría ni aunque le retorciera un dedo con una tenaza.
Le pregunto que a qué se maldedica ahora. Solo le conocí ocupaciones chungas e irregulares, alguna de ellas, las menos, bien pagada. Parece que solo se ha empleado en mantenerse vivo a lo largo de los años. Sin embargo, se me presenta como un ciudadano respetuoso y respetable, cumplidor, padre de familia y cónyuge ejemplar. Le dieron en propiedad un piso a cambio del uso y disfrute de una casita de protección oficial (que a mí me encantaba) de renta irrisoria y que derruyeron porque valía más el solar que la edificación. Sigue cobrando paguitas, empalmando una ayuda con otra, ayudas de dudosa legitimidad. Nada nuevo, sin embargo me toca muchísimo la moral, sí: pienso en mis jornadas de 10, 12 y hasta 14 horas y en mis convalecencias al pie del cañón. Completa sus ingresos con una actividad que realiza en casa. Me la describe con detalle sin cautela: sin licencia, sin declarar y en dudosas condiciones higiénicas. Esto me la toca mucho más, la moral. Pienso en mi almacén, en mis papeleos, en mi RS, en mis inspecciones, en mis impuestos...
Yo he ‘madurado’ y mi nueva relación con la sociedad me impele a ser indiscreta e inoportuna. A pesar de que sé la respuesta de antemano, le pregunto si esa actividad es legal. No puedo evitar algo de reconvención en el tono.
Se sorprende tanto como se tensa. Le he herido en el orgullo. En su confusión de moral con legal, me responde que él nunca haría nada ilegal. Durante unos segundos nos sostenemos la mirada, evalúo su mentira mientras valoro la posibilidad de sermonearle, no me faltarían argumentos.
Tras un tenso debate interno, durante el cual una de las partes de mi conciencia argumenta que estos jetas lo son porque los demás se lo permitimos, y otra replica que para qué estropear el encuentro, decido que no, no voy a hacerlo, lo de sermonearle, y tampoco voy a indagar más. 
Para tener vida ética es necesario tener libertad, y mi amigo no la tiene. Un punto geométrico no puede concebir la existencia de una raya; y una raya no puede imaginar qué es un plano. Las dimensiones o la falta de ellas en nuestro universo nos condicionan tanto que nos definen. Mi amigo se mueve en un universo bidimensional, cuyos límites ni siquiera vislumbra. Para ser ético se necesita la capacidad de serlo. La escala de valores de mi amigo es la que esté de oferta en cada momento. Adopta la de esta cínica sociedad nuestra solo si le reporta algún provecho, y viceversa. No soy yo quien para promover un proceso de subversión íntima apelando a supuestas decencias morales... sería inútil.
No me exculpo ni le exculpo, no.

Acepto que encarna mil defectos que hasta ahora he reprobado en otros y que seguramente seguiré reprobando y decido sacudirme una estúpida y vil sensación de superioridad moral, ética e intelectual y empezar a disfrutar de mi amigo.
Intuición... echo mano de la intuición, aparto mis convenios, prejuicios y convenciones, conecto con la Susana de entonces y dejo fluir las energías. Él también, lo percibo. Volvemos a ser nosotros. Que el nombre de mi pareja sea de mujer no suscita en él ni un amago de reacción, solo una pregunta llanísima, ‘Ah, ¿es una chica?’, y eso que yo ligaba un huevo entre sus amistades masculinas. Se limita a preguntarme si estoy bien con ella y yo le río una parida que no viene a cuento. Reconstruimos juntos sandeces de hace más de 20 años, reubicamos un par de anécdotas y finjo que me creo un poco que es capaz de mover cosas con la mente. Él me echa bronca por no atar la moto a una farola, ‘que así la cargan en una furgoneta en un plis’, y se ofrece a instalarme la caja portaequipajes.

Ambos hemos protagonizado episodios, digamos, desprovistos de capacidad educativa o redentora y cada uno lo ha vivido de forma demasiado diferente. Yo opté por los negocios y la lectura y él por sobrevivir, procrear y criar barriga. Para él, un libro es un suvenir exótico y para mí, escribir es lo único con lo que puedo dar Sentido. Y el caso es que, a lo largo de mi vida, he conocido a gente muy próxima a mí en inquietudes, formación, ética, estética y experiencias a la cual entiendo mucho menos que a él. 

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PERLAKA QUE ME HAN CONTADO
Un amigo me diseña etiquetas para mis cervezas caseras y yo, en agradecimiento, le doy unas cuantas para su disfrute. Quedamos para tomar, cómo no, unas cervezas.
Mientras el artista va colocando las cervezas que le llevoen la mesa para ver la calidad de su trabajo pasa un amigo común y dice:
-Esa cerveza sí que es buena, la probé en un viaje a Berlín el año pasado.
Nos miramos.
Risas.

* * *

-¿Alguna sugerencia de la carta que marine con mi cerveza?
-Un grumete poco hecho.