martes, 21 de marzo de 2017

Cerveza industrial en el Barcelona Beer Festival

El Barcelona Beer Festival (BBF para los amigos), es ya un clásico. Y mi post sobre el BBF trufado de ‘a mí el BBF no me gusta pero…’ lo será pronto también, y también que los días previos me los pase despotricando y al final acabe yendo. JJJ

Hablando en serio: en este blog intento poner en orden mis ideas, aportar alguna luz a las de los demás y hacer reír a quien lo lea, no más. Como en cada cosa que hago, también en esto pongo lo mejor de mí. Si de mis palabras extraes mala intención, ganas de joder o rencor, o fallan mis palabras, que es lo más probable, o me estás malinterpretando.

Allá vamos con la entrega de este año, porque este año también, cómo no, el BBF llega rodeado de polémicas que incendian las redes, dando la medida de su grandeza. Esta vez lo que se cuestiona es el criterio de selección de las cervezas participantes, aunque, a poco que nos acerquemos, veremos que en realidad el problema no es con las cervezas sino con las cerveceras.

El BBF ha abierto las puertas a las ‘grandes’, concretamente a Moritz y a Estrella Galicia, aunque poco importa cuál, y a ‘gigantes’ como Duvel-Moortgat Brewery. La decisión ha molestado a muchos, sobre todo entre los cerveceros ‘pequeños’. A mí no me extraña. Esto no significa que crea que tengan razón en sus reclamaciones ni que la organización del BBF debiera actuar de otro modo, sino que me parece natural que a los cerveceros esta decisión les moleste.
El BBF no lo organiza una fundación ni una ONG, no, el BBF es un evento privado y el capital que se arriesga es privado también. O sea, el BBF es de alguien y particularmente opino que cada uno hace con sus cosas lo que le place, así que están en su perfectísimo derecho de invitar, excluir, pactar, vender, comprar, comprometer, quitar y poner en las condiciones que más les convenga.
El BBF tiene un fin prioritario que es el lucro (faltaría más!) y, probablemente, otros subsidiarios, como el placer de las cosas bien hechas, pero eso ya sería especular y tengo poca imaginación y menos tiempo, 
El BBF es un negocio, y lo es tanto para la organización como para los participantes. Y ahí está la cosa. Para muchos productores pequeños, representa una oportunidad de dar a conocer sus productos al gran público y, claro, La Chouffe, por poner un ejemplo, tira de marca y, seguramente, de precio, y las gargantas sedientas no se reparten proporcionalmente a la calidad de la cerveza (antes de probarla se desconoce) sino a su tirón. Y si uno de tus competidores factura anualmente casi 400M€ e invierte chorrocientosmil lereles en marketing y promoción y tiene un stand propio, te sientes en inferioridad de condiciones y te cabreas porque sabes que a ti se te va a ver menos.

Pero es que el 'tamaño' no lo es todo en este caso. "Nadie ha dicho que el BBF es solo para ‘pequeños’."
Brewdog es grande, Stone es grande, Flying Dog es grande, ¿y?

"Lo importante es la calidad de la cerveza."
Pues depende de para qué, ¿no? En una feria de cerveza, pongamos por caso, ’rubia’, no habrá stout, por buena que sea.
"Lo importante es la cerveza, no quien la haga."
También depende de para qué. En una feria de cerveza alemana, por buenos que sean sus productos, no habrá expositores escoceses.
"No vamos a hacer como ellos vetándoles."
Uf, ya apareció la dichosa palabrita… veto… veto… Qué veto ni qué veto, coño… Se trata de definir un espacio, de aplicar un criterio excluyente.
"La tendencia es buscar la convivencia entre cerveceras de muy diferentes volúmenes."
Chachi, trabajemos por ello. Sin embargo, por ahora hay escenarios ideales y escenarios reales.

Es una cuestión también 'de piel'.
Los 'pequeños' se sienten en cierto modo traicionados. ¿Por qué? Vienen siendo un clásico desde antes de que existiera el BBF (sí, había vida cervecera ya entonces) los encontronazos entre ‘grandes’ y ‘pequeñas’ motivados por conflictos de intereses. Las ‘grandes’ hacen valer su potencia económica y su posición dominante en el mercado (y también su poder fáctico) para cercar a las ‘pequeñas’ sobre el terreno, por ejemplo, impidiéndoles, a golpe de talonario, participar en prácticamente ningún evento gastronómico nacional. Muy reciente está el Fórum Gastronómico A Coruña 2017 del que Estrella Galicia expulsó a Cerveza Menduiña de un 'firmazo' con muchos 0 en el último momento y con todo ya preparado. Muy mal Hijos de Rivera y mucho peor la organización del Fórum.
En esta línea, una ‘grande’, incluso, llegó a afirmar que la cerveza artesana se elabora en locales insalubres y que se teme un fallo en la calidad, entiéndase esto como se quiera entender. Yo creo que alguien tendría que haber metido en cintura al autor de las declaraciones, el señor Carceller, propietario de Damm, nada menos, por la difamación y por cuestionar la labor de las Autoridades Sanitarias, pero solo es necesario un vistazo al árbol genealógico de los Carceller para saber que gozan de inmunidad. Sigamos.
El caso es que estas y otras maniobras de las ‘grandes’ han causado, como es lógico, picazón en las gónadas de los cerveceros pequeños, válgame el eufemismo.
(No llevo una venda en los ojos, no, y estoy segura de que de invertirse los papeles las cosas no serían muy distintas.)

Hasta ahora me he limitado a decir qué creo yo que ha motivado el enfado de los cerveceros. Ahora voy a decirte por qué me molesta a mí. 

Necesito que olvides los nombres propios y que te centres en la idea. No importan los personajes sino la escena. Da igual si al final la cervecera de la polémica es Moritz con su línea elaborada en el brewpub de Ronda Sant Antoni o Estrella Galicia.

Que el BBF deje participar a ciertos modelos de negocio, aunque sea perfectamente lícito y su cerveza 'para la ocasión' esté de puta madre, que seguro que lo está, me pica.
El BBF ha permitido, incluso fomentado, que se le asociara con determinada forma de entender la cerveza y con determinado modelo de empresa cervecera y que se le atribuyeran determinados valores, lo cual le ha granjeado credibilidad y activos muy importantes como el apoyo de muchos profesionales (altruistamente o no). Dar pábulo a determinadas propuestas cerveceras parece incompatible con algunos de esos  principios que se les supone.

Pero, ¿cuáles sí y cuáles no?
A veces se utiliza industrial/artesana como una dicotomía ontológica pero yo creo que el sector, más maduro, ha superado ya esta división porque se queda corta y porque es inexacta. Porque ¿qué es industrial? ¿Y artesano? Sanidad exige una mecanización tal a la industria cervecera, con independencia de su capital social, que la artesanía en cerveza tiene muy poco que ver con la artesanía de, por ejemplo, los cántaros.

Entonces, como criterio de clasificación, tracemos una línea sobre el terreno de la producción y dividamos a las cerveceras por su volumen: ‘grandes’/’pequeñas’. Es una cuestión cuantificable y parece fácil, pero… ¿Cuándo se empieza a ser ‘grande’? ¿Y en serio soy peor por ser ‘grande’? ¿Y soy bueno solo por ser ‘pequeño’, y mi cerveza también? Pufff…
¿Nos fijamos entonces en el capital social? ¿En el número de trabajadores? ¿En la facturación?
Todo esto es absurdo entre otras cosas porque los ‘pequeños’ luchan por ser ‘grandes’ y los ‘grandes’ ambicionan ser más ‘grandes’ todavía y porque poca importancia tiene el tamaño del fermentador.
No, no encontraremos en las cerveceras rasgos taxonómicos cuantificables válidos, porque lo que de verdad diferencia a unas de otras es la esencia. Sí, la esencia. ¿Y qué es la esencia? Pues... existen cervecerías internacionales con barril de Guinness y Stella Artois y con una carta de… qué sé yo… 100 cervezas entre las del Makro y las del distribuidor de patatas fritas, Desperados, Achel y Franciskaner, y establecimientos como 2D2Dspuma, BierCab o Rosses i Torrades, por poner 3 ejemplos. Ves la diferencia en la esencia, ¿verdad?

Hay dos tipos de cervecera, guste o no, y eso se refleja perfectamente en su trayectoria y qué recorrido han hecho para llegar al BBF:
-Aquellas cuyo leitmotiv es hacer cerveza, mejorarla cada día y vivir de ello ganando todo lo posible, y aquellas que hacen cerveza como podrían hacer churros y que destinan más pempins a esponsorizar equipos de fútbol y festivales de verano que a elaborar cerveza.
-Aquellas que han hecho evolucionar el sector y el mercado, optimizando sus procesos e importando inquietudes, estilos y técnicas foráneos para obtener productos innovadores, y las inmovilistas, que siguen ancladas en la cultura del quinto helado a morro que sabe a Mediterráneo e invirtiendo en caras conocidas y eslóganes pegadizos.
-Aquellas que elaboran la mejor cerveza que pueden y que existían o habrían existido antes del BBF o sin él y aquellas que hacen una cerveza decente oportunista expresamente para poder participar.
-Aquellas para las que el BBF representa la oportunidad de llegar a público nuevo y aquellas que usan el BBF para recordarnos al resto que su sombra es muy larga, enviando un mensajito claro al mercado de ‘ojito con despertar al tigre’.
-Aquellas que confían en que la tan traída y llevada y todavía indefinida cultura cervecera beneficie a su empresa y aquellas a las que beneficia que el consumidor siga siendo un estúpido en materia cervecil.
Que esas que envían a un pobre desgraciado a buscar lúpulo (que es una planta trepadora que necesita frío y humedad) con un sombrerito y una maletita a las boticas de los secarrales de Oriente, como si se tratara de pimienta negra o polvo de cuerno de rinoceronte; que echan doble lúpulo y triple malta y diez ¡10! lúpulos para acabar haciendo una cerveza profundamente maltosa; que, teniendo la tecnología y los recursos necesarios, no han hecho una cerveza digna de ese nombre hasta ahora; que ‘compran’ eventos gastronómicos para impedir la participación de productores pequeños; que compran concursos y guías para que sus productos aparezcan con 5 estrellas, que siembran la sospecha sobre la salubridad de la cerveza artesana, etc, etc, etc… estén en el BBF, me pica. No, no me pica, me escuece. No, no me escuece... me jode. Y me jode más porque va en detrimento de otros que sí se toman la cerveza en serio y porque su presencia difumina los contornos del que prometía (y todavía promete) ser el mayor evento cervecero 'serio' de España. 

Yo les propongo a esas 'grandes' que, además de mear para marcar el BBF, abran las fábricas al público y organicen visitillas para que podamos ver esas maltas y esos lúpulos de primerísima calidad llegados de todos los rincones del mundo.

No, Estrella Galicia, Damm o Moritz no se parecen en nada a Ausesken o Milana o 08 o Nómada o Menduiña, no, aunque un día hagan una birra ‘buena’ para poder estar en el BBF. El BBF existe y encuentra su sentido gracias a las segundas; las primeras, a poco que puedan, le pondrán zancadillas o renunciarán a hacerlo sin consiguen un stand.

En definitiva, por mí al BBF pueden invitar a quien ellos quieran, por supuesto, pero que inviten a según quién, me duele. Lo entiendo pero me duele. Y me chirría.
El BBF, es un negocio, este año se ha hecho más evidente si cabe y, aunque nadie tiene que avergonzarse de ello, a mí me gusta un poco menos (es que llegaba al final y todavía no lo había dicho ni una vez!!).

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22/03/17
Esto no es casualidad, ¿verdad? ¿Me leen las altas instancias cerveciles??????
Apenas 24 horas después de publicar este post, recibo en el correo de la empresa un correo de Estrella Damm con una promoción que incluye visita a fábrica: 'Vols conèxer els secrets de la cervesa mediterrània? Vine a visitar la fàbrica d'Estrella Damm i descobreix el procés d'elaboració de la nostra cervesa.'
Eso sí, la visita solo incluye la sala de cocción y de fermentación, curioso.

O acabo enterrada en algún bagazo o siendo Embajadora de la Marca en el BBF 2018.